Noel Meyerhof consultó la lista que había preparado y exigió el tema que iría primero. Como de costumbre, se basó principalmente en su intuición.
Se sentía empequeñecido ante aquella máquina gigantesca, aunque sólo veía una pequeña parte. Pero no lo tuvo en cuenta y habló con el aplomo de quien sabe que él es el amo:
-Johnson regresó a casa imprevistamente, de un viaje de negocios, y sorprendió a su esposa en brazos de su mejor amigo. Dio un respingo y exclamó: <<¡Max! Yo estoy casado con esa mujer, así que estoy obligado. Pero ¿por qué tú?>>
Bien, pensó Meyerhof, que se trague eso y empiece a digerirlo.
-Hola- dijo una voz a sus espaldas.
Meyerhof borró el sonido de esa palabra y puso en neutro el circuito que estaba usando. Se giró y dijo:
-Estoy trabajando. ¿No sabe llamar?
No sonrió como de costumbre al saludar a Timothy Whistler, un analista con el que trataba a menudo. Frunció el ceño como si lo hubiera interrumpido un extraño, contrayendo el rostro en una distorsión que parecía llegarle al cabello, despeinándolo aún más. Whistler se encogió de hombros. Llevaba puesta su chaqueta blanca de laboratorio y hundía los puños en los bolsillos, creando arrugas tensas y verticales.
-He llamado y usted no respondió. La señal de operaciones no estaba encendida.
Meyerhof gruñó. No estaba en esas cosas. Se encontraba demasiado enfrascado en su nuevo proyecto y se olvidaba de los pequeños detalles.
Y sin embargo no podía culparse. Ese asunto era importante.
No sabía por qué, desde luego. Los grandes maestros rara vez lo sabían. Por eso eran grandes maestros, porque trascendían la razón. ¿De qué otro modo la mente humana podía seguirle el paso a esa mole de quince kilómetros de razón solidificada que los hombres llamaban Multivac, el ordenador más complejo jamás construido?
-Pues estoy trabajando- refunfuñó- ¿Es importante?
-Nada que no pueda postergarse. Hay algunas lagunas en la respuesta sobre el motor hiper…- Whistler reaccionó tardíamente y su rostro cobró un preocupado aire de incertidumbre-. ¿Trabajando?
-Sí ¿Qué pasa?
-Pero… -Miró en torno, escrutando los recovecos de la sala donde hileras de relés formaban una pequeña parte de Multivac-. No hay nadie aquí.
-¿Y quién ha dicho que lo hubiese o que debiera haberlo?
-Usted estaba contando un chiste, ¿verdad?
-¿Y?
Whistler forzó una sonrisa.
-No me diga que le contaba un chiste a Multivac.
Meyerhof se puso rígido.
-¿Por qué no?
-¿Eso hacía?
-Sí.
-¿Por qué?
Meyerhof lo miró de hito en hito.
-No le debo explicaciones a usted. Ni a nadie.
-Por Dios, claro que no. Sólo era curiosidad… En fin, si está trabajando, me marcharé.
Miró en torno otra vez, frunciendo el ceño.
-Mejor así- dijo Meyerhof.
Siguió al otro con la mirada y activó la señal de operaciones con un gesto furibundo.
Caminó de un lado a otro de la sala, recobrando la compostura. ¡Maldito Whistler! ¡Malditos todos! Como no se molestaba en mantener a esos técnicos, analistas y mecánicos a la distancia social adecuada, como los trataba como si también ellos fueran artistas creativos, se tomaban esas libertades.
Ni siquiera saben contar chistes, pensó sombríamente.
Y eso lo devolvió a su tarea. Se sentó de nuevo. Al cuerno con todos ellos.
Puso en operaciones el circuito pertinente de Multivac y dijo:
-El camarero del barco se detuvo en la barandilla durante una travesía oceánica muy agitada y miró compasivamente a aquel hombre que, arqueado sobre la borda, clavaba los ojos en el oleaje, revelando los estragos de un violento mareo.
>>Le palmeó suavemente el hombro. “Ánimo, amigo”, murmuró. “Sé que es desagradable, pero nadie se muere por un mareo”.
>>El afligido caballero volvió su rostro verdoso y demacrado hacia el camarero y jadeó con voz ronca: “No diga eso, hombre. Por amor de Dios, no diga eso. Lo único que me mantiene con vida es la esperanza de morir”.
Timothy Whistler, un poco preocupado, sonrió y sacudió la cabeza antes el escritorio de la secretaria. Ella le devolvió la sonrisa.
He aquí, pensó Whistler, un elemento arcaico en este mundo computarizado del siglo veintiuno, una secretaria humana. Pero tal vez fuese natural que esa institución sobreviviera allí, en pleno reino de los ordenadores, en la gigantesca corporación mundial que manejaba Multivac. Con Multivac llenando el horizonte, los ordenadores menores para tareas triviales habrían resultado de mal gusto.
Entró en el despacho de Abram Trask. El funcionario del gobierno hizo una pausa en la delicada tarea de encender su pipa; volvió los ojos hacia Whistler y su nariz ganchuda se recortó filosamente contra el rectángulo de la ventana.
-Ah, Whistler. Siéntese. Siéntese.
Whistler se sentó.
-Creo que tenemos problemas, Trask.
Trask sonrió a medias.
-Espero que no sea técnico. Yo soy sólo un inocente político.
Era una de sus frases favoritas.
-Tiene que ver con Meyerhof.
Tras se desplomó en la silla, con abatimiento.
-¿Está seguro?
-Razonablemente seguro.
Whistler comprendía la consternación del otro. Trask era el funcionario oficial a cargo de la División Informática y Automatización del Departamento del Interior. Debía afrontar los problemas relacionados con los satélites humanos de Multivac, así como los satélites con formación técnica debían habérselas con Multivac mismo.
Pero un gran maestro era algo más que un satélite. Incluso algo más que un ser humano.
Desde comienzos de la historia de Multivac, había quedado de manifiesto que la obstrucción se producía en el procedimiento interrogativo. Multivac podría responder al problema de la humanidad, a todos los problemas, si se le hacían preguntas con sentido. Pero, como el conocimiento se acumulaba a creciente velocidad, era cada vez más difícil dar con las preguntas atinadas.
La razón no bastaba. Se requería un raro tipo de intuición, la misma facultad mental (aunque mucho más intensificada) que caracterizaba a un gran maestro del ajedrez. Se necesitaba una mente así para examinar los miles de billones de probabilidades y hallar el mejor movimiento en cuestión de minutos.
Trask se removió incómodo.
-¿Qué está haciendo Meyerhof?
-Ha iniciado una línea de interrogación que es perturbadora.
-Oh, vamos, Whistler. ¿Eso es todo? No puede impedir que un gran maestro escoja la línea de interrogación que desee. Ni usted ni yo estamos preparados para juzgar la valía de sus preguntas. Usted lo sabe. Sé que usted lo sabe.
-Lo sé, desde luego. Pero además conozco a Meyerhof. ¿Alguna vez ha charlado informalmente con él?
-Santo Dios, claro que no. ¿Alguien charla informalmente con un gran maestro?
- No adopte esa actitud, Trask. Son humanos y merecen piedad. ¿Alguna vez ha pensado cómo se debe sentir un gran maestro, sabiendo que hay sólo un puñado como él en el mundo, sabiendo que aparecen sólo un par cada generación, que el mundo depende de ellos, que mil matemáticos, dialécticos, psicólogos y físicos lo asisten?
Trask se encogió de hombros.
-Santo Dios, me sentiría el rey del mundo.
-No creo. replicó impaciente el analista-. No se sienten reyes de nada. No tienen un igual con quien charlar ni se sienten integrados. Escuche, Meyerhof nunca pierde la oportunidad de reunirse con los muchachos. No está casado, por supuesto; no bebe; no tiene tacto social natural… Pero busca compañía porque la necesita. ¿Y sabe usted qué hace cuando se reúne con nosotros, al menos una vez por semana?
-No tengo ni idea- dijo el funcionario-. Todo esto es nuevo para mí.
-Cuenta chistes.
-¿Qué?
-Cuenta chistes. Muy buenos. Es sensacional. Puede tomar cualquier chiste, por viejo y bobo que sea, y echarle gracia. Es su modo de contarlos. Tiene un don.
-Entiendo. Está bien.
-O mal. Estos chistes son importantes para él-. Apoyó ambos codos en el escritorio de Trask, se mordió una uña y miró al aire-. Meyerhof es diferente, sabe que es diferente, y esos chistes son su modo de lograr que los tipos comunes como nosotros lo aceptemos. Nos reímos, lo festejamos, le palmeamos la espalda e incluso olvidamos que es un gran maestro. Es el único modo de entablar una relación con nostors.
-Muy interesante. No sabía que usted era tan buen psicólogo. Pero ¿a dónde quiere llegar?
-Sólo esto: ¿qué cree que pasará si Meyerhof se queda sin chistes?
El funcionario se desconcertó.
-¿Qué?
-Si empieza a repetirse, o si su público se ríe con menos entusiasmo o deja de reírse. Es su único modo de ganar nuestra aprobación. Sin él se encontrará solo, ¿y qué le ocurriría? A fin de cuentas, Trask es parte de un puñado de hombres de los cuales la humanidad no puede prescindir. No podemos permitir que le suceda nada. No me refiero sólo a cosas físicas. Ni siquiera pdoemos permitir que sea demasiado infeliz. Su intuición podría quedar afectada.
-Bien, ¿ha empezado a repetirse?
-Que yo sepa no, pero creo que él piensa que sí.
-¿Por qué lo dice?
-Porque le oí contando chistes a Multivac.
-¡Oh, no!
-Por casualidad. Entré en su oficina de improviso y me echó. Estaba fuera de sí. Habitualmente es afable, y me parece una mala señal que esa intrusión lo ofuscara tanto. Pero loc ierto es que le estaba contando un chiste a Multivac, y estoy convencido de que formaba parte de una serie.
-¿Pero por qué?
Whistler se encogió de hombros y se froto la barbilla.
-Tengo una idea sobre eso. Creo que está tratando de construir un archivo de chistes en los bancos de memoria de Multivac para recibir nuevas variaciones. ¿Entiende? Así podría disponer de un número infinito de chistes sin temor a que se le agoten.
-¡Santo Dios!
-Objetivamente, quizá no haya nada de malo en ello, pero no me parece una buena señal que un gran maestro comience a usar a Multivac para sus problemas personales. Todo gran maestro tiene cierto inestabilidad mental inherente, y es preciso observarlo. Meyerhof tal vez se esté aproximando a una frontera allende la cual perdamos al gran maestro.
-¿Qué me sugiere que haga?- preguntó el pasmado Trask.
-Verifique lo que le he dicho. Quizá yo esté demasiado cerca de él para juzgarlo bien, y en todo caso juzgar seres humanos no es mi especialidad. Usted es político y está mejor dotado que yo para esa tarea.
-Para juzgar humanos tal vez, no grandes maestros.
-También son humanos. Además, ¿quién puede hacerlo?
Trask tamborileó sobre el escritorio con los dedos una y otra vez.
-Supongo que yo- convino finalmente.
Meyerhof le dijo a Multivac:
-El ardiente enamorad, mientras reunía un ramillete de flores silvestres para su amada, se desconcertó al hallarse de pronto en el mismo campo que un todo de aspecto hostil que le clavaba los ojos y pateaba el suelo amenazadoramente. El joven, al ver a un granjero al otro lado de una cerca distante, gritó: <<Oiga, amigo, ¿le ocurre algo a ese toro?>>. El granjero estudió la situación con ojos críticos, escupió a un lado y respondió: <<A ese toro no le ocurre nada>>. Escupió de nuevo y añadió: <<Pero no puedo decir los mismo de usted>>.
Meyehorf iba a pasar al siguiente chiste cuando llegó la convocatoria.
En rigor no era una convocatoria. Nadie podía convocar a un gran maestro. Era sólo un mensaje anunciando que Trask, jefe de división, deseaba ver al gran maestro Meyerhof si el gran maestro Meyerhof podía concederle su tiempo.
Meyerhof, con toda impunidad, podría arrojar el mensaje a un lado y continuar con sus actividades. No estaba sujeto a normas de disciplina.
Pero en tal caso, seguirían fastidiándolo; muy respetuosamente, claro, pero seguirían fastidiándolo.
Así que neutralizó y cerró los pertinentes circuitos de Multivac, conectó una señal, para que nadie osara entrar en la oficina durante su ausencia, y se dirigió a la oficina de Trask.
Trask carraspeó, un poco intimidado por la fiereza que veía en la mirada del otro.
-No hemos tenido ocasión de relacionarnos, gran maestro, cosa que lamento.
-He presentado mis informes- dijo muy tenso Meyerhof.
Trask se preguntó qué habría detrás de esos ojos desencajados y penetrantes. Le costaba imaginar a Meyerhof- con ese rostro enjuto, ese cabello oscuro y lacio, ese aspecto vehemente- relajándose para contar chistes graciosos.
-Los informes no son una relación social. Me…, me han dado a entender que usted conoce una maravillosa cantidad de anécdotas.
-Soy un chistoso, señor. Así me llaman lo demás. El chistoso.
-No han usado esa palabra ante mí, gran maestro. Han dicho…
-¡Al cuerno con ellos! No me importa lo que hayan dicho. Mire, Trask, ¿quiere oir un chiste?
Se inclinó hacia el escritorio, entornando los ojos.
-Por supuesto. Faltaría más- dijo Trask, procurando demostrar entusiasmo.
-Vale. Aquí va. La señora Jones miró la tarjeta de la fortuna que había salido de la balanza automática cuando su maridó insertó la moneda. Comentó: <<Aquí dice, George, que eres afable, inteligente, previsor, diligente y atractivo para las mujeres>>. Dio vuelta a a tarjeta y añadió: <<Y también se han equivocado con el peso>>.
Trask se echó a reír. Resultaba irresistible. Aunque el final se veía venir, la asombrosa facilidad con que Meyerhof imitó el tono desdeñoso de la mujer y la habilidad con que contrajo las arrugas del rostro, para congeniarlas con el tono, le hicieron reír inconteniblemente.
-¿Qué tiene de gracioso?- preguntó Meyerhof.
Trask se puso serio.
-¿Cómo ha dicho?
-He preguntado que qué tiene de gracioso. ¿Por qué se ríe usted?
-Bien- dijo Trask, tratando de ser razonable-, la última frase arroja una nueva luz sobre todo lo precedente. Lo imprevisible…
-El asunto- le cortó Meyerhof- es que acabo de describir a un marido humillado pro su esposa, un matrimonio tan fracasado que la esposa está convencida de que el marido no tiene ninguna virtud. Pero usted se ríe. Si usted fuera el marido, ¿lo encontraría gracioso?
Se quedó pensativo un momento y, luego continúo:
-Escuché éste, Trask. Abner estaba sentado junto a su esposa moribunda, sollozando desconsoladamente, cuando su esposa, reuniendo sus últimas fuerzas, se apoyó en un codo.
>>”Abner”, susurró, “Abner, no puedo presentarme ante el Creador sin consfar mi falta”.
>>”Ahora no”, murmuró el conmovido esposo. “Ahora no, querida. Recuéstate y descansa”.
>>”No puedo”, exclamó ella. “Debo contártelo, o mi alma nunca hallará sosiego. Te he sido infiel, Abner. En esta misma casa, hace menos de un mes…”.
>>”Calla, querida”, la tranquilizó Abner. “Lo sé. ¿Por qué crees que te he envenenado?”.
Trask procuró conservar la calma, pero no lo consiguió. Contuvo la risa con esfuerzo.
-Eso también es gracioso- dijo Meyerhof-. Adulterio. Asesinato. Muy gracioso.
-Bueno- apuntó Trask-, se han escrito libros analizando el humor.
-Es verdad, y he leído varios. Todavía más, le he leído la mayoría de ellos a Multivac. Aun así, los que escriben esos libros sólo andan a tientas. Algunos dicen que nos reímos porque nos sentimos superiores a los personajes del chiste. Otros dicen que es porque hay una súbita percepción de la incongruencia o un súbito alivio de la tensión o una súbita reinterpretación de los hechos. ¿Hay una razón simple? Distintas personas se ríen con distintos chistes. Ningún chiste es universal. Algunas personas no se ríen con ninguno. Pero quizá lo más importante esté en que el hombre es el único animal con sentido del humor, el único animal que se ríe.
-Entiendo. asintió Trask-. Usted trata de analizar el humor. Por eso está transmitiendo una serie de chistes a Multivac.
-¿Quién se lo contó…? Bah, no me lo diga, fue Whistler. Ahora lo recuerdo. Me sorprendió en ello. Bien, ¿qué hay con eso?
-Nada.
-¿No cuestiona usted mi derecho de añadir lo que desee al fondo general de conocimientos de Multivac ni el de hacerle preguntas que desee?
-No, en absoluto- se apresuró a decir Trask-. En realidad, no dudo de que esto allanará el camino a nuevos análisis de gran interés para los psicológos.
-Hmmm. Quizás. Aun así, me inquieta algo que es más importante que el análisis general del humor. Hay una pregunta específica que debo hace. Dos, en realidad.
-¿De veras? ¿Cuáles?
Trask se preguntó si Meyerhof respondería. En caso contrario, no había modo de obligarlo. Pero sí respondió.
-La primera pregunta es: ¿de dónde vienen todos estos chistes?
-¿Qué?
-¿Quién los inventa? ¡Escuche! Hace un mes me pasé una velada intercambiando chistes. Como de costumbre, yo conté la mayoría y, como de costumbre, los tontos e rieron. Tal vez realmente les parecían graciosos, tal vez sólo querían complacerme. Sea como fuere, una criatura se tomó el atrevimiento de palmearme la espalda y decir: <<Meyerhof, usted sabe más chistes que toda la gente que conozco>>.
>>Sin duda tenía razón, pero me hizo reflexionar. No sé cuántos cientos, quizá miles de chistes he contado en mi vida, pero lo cierto es que jamás me he inventado uno. Ni siquiera uno. Sólo los he repetido. Mi única aportación es contarlos. Por lo general los oigo o los leo. Y el que los contaba o los escribía tampoco se inventó los chistes. Nunca he conocido a nadie que afirmara haber inventado un chiste. Todos dicen: “el otro día oí uno muy bueno”. O: “¿Has oído alguno bueno últimamente?”.
>>¡Todos son viejos! Por eso, los chistes manifiestan cierto retraso social. Aún hablan del mareo, por ejemplo cuando en la actualidad es fácil de impedir y nadie lo experimenta. O hablan de balanzas automáticas que vaticinan la fortuna, como en el que le he contado, cuando esas máquinas sólo se encuentran en tiendas de antigüedades. Pues bien, ¿quién inventa los chistes?
-¿Eso trata de averiguar?. preguntó Trask, mordiéndose la lengua para no añadir: <<Santo Dios, ¿a quién le importa?>>. Las preguntas de un gran maestro siempre eran importantes.
-En efecto, eso trato de averiguar. Piénselo de este modo: no es sólo que los chistes sean viejos, sino que tienen que ser viejos para que se disfruten. Es esencial que el chiste no sea original. Hay una forma de humor que es o puede ser original, y es el retruécano. He oído retruécanos que evidentemente eran producto de la inspiración del momento. Yo mismo he creado algunos. Pero nadie se ríe de esos retruécanos. No están pensados para ello. Uno gruñe. Cuento mejor es el retruécano, más estentóreo es el gruñido. El humor original no provoca risa ¿Por qué?
-Pues no lo sé.
-Vale. Averigüémoslo. Tras suministrar a Multivac toda la información que creí aconsejable sobre el tema del humor, ahora le estoy introduciendo chistes selectos.
Trask sintió curiosidad.
-¿Y cómo los selecciona?
-No lo sé. Me parecen los más apropiados. Soy gran maestro, ya lo sabe usted.
-Oh, de acuerdo. De acuerdo.
-A partir de esos chistes y de la filosofía general del humor, mi primera solicitud será que Multivac rastree el origen de los chistes, si puede. Ya que Whistler se ha enterado y le a informado a usted, envíelo a Análisis pasado mañana. Creo que tendrá mucho trabajo que hacer.
-Por supuesto. ¿Puedo asistir yo también?
Meyerhof se encogió de hombros. Obviamente, la asistencia de Trask le resultaba indiferente.
Meyerhof había seleccionado los últimos de la serie con especial cuidado.
Ni siquiera él sabía en qué consistía ese cuidado, pero examinó varias posibilidades y, una y otra vez, revisó cada uno de ellos, buscando esa indefinible cualidad común.
-Ug, el cavernícola, vio que su compañera se le acercaba corriendo y llorando, con la piel de leopardo hecha un revoltijo. <<Ug>>, gritó la desconsolada mujer, <<haz algo pronto. Un tigre dientes de sable ha entrado en la caverna de mamá. ¡Haz algo>> Ug gruñó, cogió su roído hueso de búfalo y dijo: <<¿Por qué? ¿A quién demonios le importa lo que le pase a un tigre dientes de sable?>>.
Luego, Meyerhof hizo sus dos preguntas, se reclinó y cerró los ojos. Había concluido.
-No noté nada de malo- le dijo Trask a Whistler-. Me contó sin rodeos lo que estaba haciendo y era extraño, pero legítimo.
-Lo que él aseguraba estar haciendo- precisó Whistler.
-Aun así, no puedo detener a un gran maestro basándose en una opinión. Me pareció extravagante, pero se supone que los grandes maestros son extravagantes. No lo veo descabellado.
-¿Usar Multivac para encontrar el origen de los chistes?- masculló el analista-. ¿Eso no es descabellado?
-¿Cómo saberlo?- protestó Trask-. La ciencia ha progresado hasta el punto de que las únicas preguntas atinadas que nos quedan son las ridículas. Las preguntas sensatas se han pensado, formulado y respondido hace tiempo.
-Es inútil. Algo me preocupa.
-Quizá, pero ahora no hay opción, Whistler. Veremos a Meyerhof, y usted puede efectuar el análisis de la respuesta de Multivas, si hay alguna. En cuanto a mí, mi función es meramente burocrática. Dios santo, ni siquiera se cuál es la tarea de un analista como usted, excepto analizar, y eso no me ayuda mucho.
-Es bastante simple. Un gran maestro, como Meyerhof, hace preguntas y Multivac automáticamente las formula en cantidades y operaciones. La maquinaria necesaria para convertir palabras a símbolos es lo que constituye la mayor parte de Multivac. El ordenador da luego la respuesta en cantidades y operaciones, pero no vuelve a traducir eso a palabras, excepto en los casos más simples y rutinarios. Si estuviera diseñada para resolver el problema general de retraducción, habría que, por lo menos, cuadruplicar su tamaño.
-Entiendo. Entonces ¿su tarea consiste en traducir esos símbolos a palabras?
-La mía y la de otros analistas. Usamos ordenadores más pequeños, de diseño especial, cuando es preciso. -Sonrió sin humor-. Como la sacerdotisa de Delfos en la antigua Grecia, Multivac da respuestas crípticas. Pero nosotros tenemos traductores, como ve.
Habían llegado. Meyerhof estaba esperando.
-¿Qué circuitos usó usted, gran maestro? preguntó animadamente Whistler.
Meyerhof le respondió y Whistler se puso manos a la obra.
Trask trataba de comprender lo que ocurría, pero no tenía sentido. Veía un carrete que se desenrollaba mostrando un interminable e incompresible patrón de puntos. El gran maestro Meyerhof permanecía a un lado mientras Whistler examinaba el patrón. El analista se había puesto auriculares y un micrófono y, de cuando en cuando, murmuraba instrucciones, las cuales guiaban a los ayudantes, situados en lugares remotos, mediante contorsiones electrónicas en otros ordenadores.
En ocasiones, Whistler escuchaba y tecleaba combinaciones en un complejo teclado que exhibía símbolos que parecían matemáticos, pero no eran tales.
Transcurrió más de una hora.
Whistler fruncía el ceño cada vez más. Una vez, miró a los otros dos, farfulló un <<esto es increíb…>> y continuó trabajando.
Al fin anunció:
-Puedo dar una respuesta extraoficial.- Tenía los ojos inflamados-. La respuesta oficial depende del análisis completo. ¿Quieren la extraoficial?
-Adelante- dijo Meyerhof.
Tranks asintió con la cabeza.
Whistler miró al gran maestro, amilanado.
-Quien hace una pregunta tonta…- masculló. Y, luego, a regañadientes-: Multivac dice que el origen es extraterrstre.
-¿Qué está diciendo?- preguntó Trask.
-¿No me ha oído? Los chistes de que nos reímos no los inventó el hombre. Multivac ha analizado todos los datos recibidos, y la única respuesta que concuerda mejor con esos datos es que una inteligencia extraterrestre ha inventado todos los chistes y los ha situado en mentes humanas selectas y en momentos y lugares selectos, de tal modo que ningún hombre es consciente de haber inventado ninguno. Todos los chistes subsiguientes son variaciones menores y adpataciones de los originales.
Meyerhof intervino, con el rostro inflamado por ese aire triunfal que sólo conoce un gran maestro cuando una vez más ha formulado la pregunta adecuada.
-Todos los comediógrafos- dijo- trabajan adaptando chistes viejos a situaciones nuevas. Eso es sabido. La respuesta encaja.
-Pero ¿para qué?- quiso saber Trask-. ¿Por qué inventar chistes?
-Multivac dice- contestó Whistler- que el único propósito que encaja con todos los datos es que los chistes están destinados a estudiar la psicología humana. Nosotros estudiamos la psicología de las ratas haciéndoles resolver laberintos. Las ratas no saben por qué, y no lo sabrían aunque fueran conscientes de lo que ocurre, que no lo son. Estas inteligencias extraterrestres estudian la psicología del hombre a través de las reacciones individuales ante anécdotas cuidadosamente seleccionadas. Cada hombre reacciona de forma diferente… Supuestamente, esas inteligencias extraterrestres son a nosotros lo que nosotros somos a las ratas.
Se estremeció.
-El gran maestro me dijo que el hombre es el único animal con sentido del humor- observó Trask, con los ojos desorbitados-. Pareciera, pues, que el sentido del humor se nos ha inculcado desde afuera.
-Y, ante el humor creado desde dentro- añadió Meyerhof con entusiasmo-, no reaccionamos con risas. Me refiero a los retruécanos.
-Presuntamente, los extraterrestres anulas las reacciones ante los chiste espontáneos para evitar confusiones- apuntó Whistler.
-Venga ya- exclamó Trask con súbita consternación-, Dios santo, ¿alguno de ustedes se cree eso?
El analista lo miró con frialdad.
-Eso dice Multivac. Es todo lo que se puede afirmar hasta ahora. Ha señalado al verdadero chistoso del universo y, si queremos saber más, tendremos que continuar la investigación.- Y añadió con un hilo de voz-: si alguien se atreve a continuarla.
El gran maestro Myerhof dijo de repente:
-Pero yo hice dos preguntas. Hasta ahora sólo se ha respondido a la primera. Creo que Multivac tiene datos suficientes para responder a la segunda.
Whistler se encogió de hombros. Parecía un hombre desmoronado.
-Cuando un gran maestro cree que hay datos suficientes- comentó-, acepto apuestas sobre el particular. ¿Cuál es la segunda pregunta?
-Le pregunté: ¿qué efecto tendrá sobre la raza humana el descubrimiento de la respuesta a mi primera pregunta?
-¿Por qué preguntó eso?- inquirió Trask.
-Sólo presentí que correspondía preguntarlo.
-Descabellado- opinó Trask, es descabellado.
Desvió la vista. Hasta Trask comprendía que Whistler y él se habían cambiado de bando. Ahora era el propio Trask el que sostenía que aquello era descabellado. Cerró los ojos. Podía opinar lo que quisiera pero en cincuenta años, ningún hombre que hubiera puesto en duda la combinación de un gran maestro con Multivac había logrado certificar esa duda.
Whistler trabajaba en silencio, apretando los dientes. Nuevamente activó Multivac y sus máquinas auxiliares. Al cabo de otra hora, soltó una risotada.
-¡Una pesadilla delirante!
-¿Cuál es la respuesta?- preguntó Meyerhof-. Quiero los comentarios de Multivac, no los de usted.
-De acuerdo. Aquí tiene. Multivac afirma que, una vez que un solo humano descubra la verdad de este método de análisis psicológico de la mente humana, se volverá inservible como técnica objetiva para los poderes extraterrestres que ahora lo utilizan.
-¿Quiere decir que la humanidad no oirá más chistes?- preguntó el demudado Trask-. ¿Qué quiere decir?
-Ningún chiste más- confirmó Whistler-. ¡Ahora! ¡Multivac dice que ya! ¡El experimento ha concluido ahora! Tendrán que introducir una nueva técnica.
Todos se miraron. Pasaron los minutos.
-Multivac tiene razón- dijo lentamente Meyerhof.
-Lo sé- suspiró Whistler.
Incluso Trask murmuró:
-Sí. Debe de ser así.
Fue Meyerhof quien dio con la prueba, Meyerhof, el chistoso consumado.
-Ha terminado- dijo-, ha terminado. Hace minutos que lo intento y no se me ocurre un solo chiste, ni siquiera uno. Y sé que no me reiré si leo uno en un libro.
-El don del humor se ha esfumado- agregó trágicamente Trask-. Ningún hombre volverá a reírse.
Y se quedaron allí, con la mirada fija, sintiendo que el mundo se reducía a las dimensiones de una jaula experimental para ratas: había retirado el laberinto e iban a sustituirlo por otra cosa.
ASIMOV, Isaac. El chistoso. Cuentos Completos I. Ed. Zeta.
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